¿Estamos preparados?

¿Estamos preparados?

Maripaz Christy Vera

Miércoles por la tarde, casi noche. Recibo un mensaje de mi amiga Jessy, quien vive en Chile: tremendo terremoto nos acaba de dar un gran susto. Se rompió la tubería del agua y mi hermana anda en la calle, estamos preocupados, me comentó.

De inmediato mi mente vuela a 1985. A tres días de recordar en México, un aniversario más del terremoto del 19 de septiembre, las imágenes, los sonidos, las angustias, el miedo hace parecer aquel suceso mucho más cercano. No parece que hayan pasado 30 años.

Y es probable que se sienta así porque el riesgo de que vuelva a suceder algo similar es latente. ¿Cuándo? ¿A qué hora? Nadie sabe.

Tras varios mensajes con mi amiga, me confirma que su familia está bien pero que continúan las réplicas, algunas de magnitud considerable. Ya para entonces las noticias reportan que el sismo fue  de 8.3 grados en la escala de Richter. No me cabe duda que fue muy fuerte.  Sin embargo, a pesar de que hubo marejadas que entraron a tierra en la franja costera chilena, al día siguiente se reporta que lamentablemente fallecieron 8 personas y hubo cuantiosas pérdidas materiales.

Recordando las experiencias de nuestro país,  uno imagina mucha destrucción y alto número de muertos y heridos, pero no fue es así. Me llama la atención lo declarado por un funcionario de aquella región andina: estamos acostumbrados y preparados pues tiembla muy seguido.

Y me vuelve a asaltar otra preocupación, ¿qué tan preparados estamos en México para un eventual sismo de alta magnitud?

Sin lugar a dudas 1985 es un importante referente  en cuanto a las medidas preventivas que se adoptaron sobre los requerimientos mínimos de construcción, en la capacitación y conformación de equipos de rescate y en los protocolos que se deben seguir. Escuelas, empresas e instituciones realizan simulacros de evacuación  y hay señalamientos de los puntos de reunión e información de lo que debemos hacer.

Y ahí es donde me asalta la duda nuevamente ¿cómo vamos a reaccionar ante un evento sismológico de consideración?

En varias ocasiones me ha tocado ver que en los simulacros hay dos actitudes claramente diferenciadas: aquellas personas que con seriedad, responsabilidad y conciencia del objetivo, proceden a evacuar las áreas en donde se encuentran para dirigirse a zonas seguras y otros que no le toman la importancia que tiene. Salen a paso de tortuga, llegan al área de seguridad pero no se quedan ahí, si no que van y vienen, se sientan debajo de los árboles más cercanos, entre los automóviles, bajo los cables y lo toman a broma o como buen pretexto para suspender las actividades que estaban haciendo. Otros más ni siquiera hacen el intento de participar en el simulacro.

Noto también que aunque hay adultos en el segundo grupo, que seguramente han vivido varios sismos fuertes y en especial el de 1985, la mayoría son personas nacidas después de ese año. Si bien les han tocado algunos sismos y toda la educación que en esa materia se maneja, pareciera que no le conceden la importancia que tiene. Lo ven como algo lejano.

Pareciera que los simulacros y la educación en este rubro no han hecho el efecto a fondo, de conciencia para lo que están diseñados. En Chile los sismos son muy frecuentes y regularmente fuertes. Por eso la gente sigue al pie de la letra los protocolos de contingencia y generalmente las pérdidas humanas son pocas.

En México, si bien tiembla seguido no es de magnitud tan fuerte y quizás se ha ido perdiendo la memoria de los efectos de un sismo “grande”. Parece que los reglamentos y protocolos no tienen el impacto que debieran. Por eso creo que los que vivimos ya una experiencia como la de 1985, debemos encargarnos de reforzar esta cultura de prevención a manera de tradición oral, para que se haga un hábito en las nuevas generaciones y no tengamos que lamentar pérdidas humanas en  caso de una nueva contingencia.

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